Reflexiones sobre la peste

Marzo 30, 2020

Por Giorgio Agamben.

 

Las siguientes reflexiones no versan sobre la epidemia, sino sobre la relación que los hombres mantienen con ella. Se trata de reflexionar sobre la facilidad con que toda una sociedad ha aceptado sentirse apestada, aislarse en casa y suspender sus condiciones normales de vida, sus relaciones de trabajo, de amistad, de amor y hasta sus convicciones religiosas y políticas. ¿Por qué no ha habido, como era posible imaginar y como normalmente ocurre en estos casos, protestas y oposiciones? La hipótesis que me gustaría sugerir es que, de alguna forma, quizá inconscientemente, la peste ya estaba aquí, las condiciones de vida de la gente eran tales que bastó un signo imprevisto para que se revelaran tal y como eran, es decir, intolerables, precisamente como una peste. Y éste, en cierto sentido, es el único dato positivo que podemos obtener de la situación actual: es posible que, más tarde, la gente comience a preguntarse si el modo en que vivía era justo. 

Y aquello sobre lo que también debemos reflexionar es la necesidad de religión que esta situación ha revelado. El indicio es, en el insistente discurso de los medios, la terminología tomada en préstamo del vocabulario escatológico, que para describir el fenómeno recurre obsesivamente, sobre todo en la prensa estadounidense, a la palabra “apocalipsis” y evoca, muchas veces de forma explícita, el fin del mundo. Es como si la necesidad religiosa, que la Iglesia ya no está en grado de satisfacer, buscase a tientas otro lugar donde tomar forma y lo encontrase en aquel sitio que, de hecho, se ha convertido en la religión de nuestro tiempo: la ciencia. Ésta, como toda religión, puede producir supersticiones y miedo, o ser utilizada para difundirlos. Nunca como hoy se ha asistido al espectáculo, típico de las religiones en momentos de crisis, de opiniones y prescripciones tan diversas y contradictorias, que van desde la posición herética minoritaria (representada por científicos prestigiosos) que niega la gravedad del fenómeno, hasta el discurso ortodoxo dominante, que la afirma y, sin embargo, diverge muchas veces radicalmente sobre las formas de afrontarlo. Y, como siempre en estos casos, algunos expertos o que se dicen tales, logran asegurarse el favor del monarca que, como en los tiempos de las disputas religiosas que dividieron a la cristiandad, toma partido según sus propios intereses por una corriente o por otra, e imponen sus medidas. 

Otra cosa que debemos pensar es el evidente derrumbe de toda convicción y fe comunes. Se diría que los hombres ya no creen en nada: excepto en la nuda existencia biológica que se debe salvar a toda costa. Pero sobre el miedo a perder la vida sólo se puede fundar una tiranía, sólo el monstruoso Leviatán con su espada desenvainada. 

Por esto —una vez que la emergencia, la peste, sea declarada abolida, si es que lo hacen— no creo que, al menos para quien ha conservado un mínimo de lucidez, sea posible volver a vivir como antes. Y esto quizá es hoy lo más desesperante —aun si, como ha sido dicho, «sólo a quien ya no tiene esperanza ha sido dada la esperanza»—. 


 

27 de marzo de 2020

Traducción de Ernesto Kavi

Foto de El País.

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