Traducción de Dubravka Sužnjevi
Prólogo de Aura García-Junco
«Quise irme a vivir en ese Atlas y me pregunté por qué. Encontré muchas respuestas: la estructura inusual del libro, capítulos breves narrados desde un nosotros, los ocho singulares habi- tantes de una casa sin techo, intercalados con cuadros que describen obras de arte putativas, relatos en sí mismos, el humor dulce, la ternura de unos botones de flores secas, las notas al pie de página que narran desde pequeñas tramas de los personajes hasta entradas de la Enciclopedia Serpentiana, ese palimpsesto que guarda todos los libros de la torre de Babel. El juego de estos personajes, viviendo en una casa con espejos que permiten ver futuro y pasado, verdad y mentira, tías que aparecen en ellos venidas desde quién sabe qué exótico país. Todo ese licor de albaricoque. Todos esos rayos de luna que terminan por convertirse en pececillos lunares que sólo refulgen durante la noche. El amor no correspondido que pone a suspirar al pequeño murciélago Herrero. El brocado, las flores, el olor dulce. Esa poesía, esa exuberancia del lenguaje, me fascinó. Fue como hipnosis.
»Paré, leí el libro lentamente, no quise terminarlo. Lo recomendé como si se tratara de escrituras sagradas. Y en cierto sentido lo era para mí. Ese libro me hizo pensar que se puede apostar por la magia, huir del realismo sin perder lo más real: las emociones. Que los objetos en un cuarto, los detalles, eran dignos de nuestra mirada, siempre y cuando refractaran la suficiente luz. Que la forma extravagante de un libro no es más que una manera de invitar a quien lee a un juego de niños (el mejor juego de todos). Y que siempre, por encima de todo, está la palabra. Tenía veinticinco años y descubrí en ese libro muchas de las cosas que quería hacer con mi propia literatura».
Aura García -Junco
Goran Petrovic
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