La máquina anti extinción

Diciembre 1, 2021

Por Anne Boyer

Via Revista Reporte SP

 

En Buenos días, Revolución —volumen compuesto por las contribuciones de Langston Hughes a revistas revolucionarias— aparece un poema breve, «Las minas de Johannesburgo», sobre una pregunta importante:

En las minas de Johannesburgo
Hay 240,000 nativos trabajando.

¿Qué tipo de poema
Escribirías a partir de eso?

240,000 nativos trabajando
En las minas de Johannesburgo.

La pregunta del poema no va dirigida solo a poetas, aunque también. En una tercera parte va dirigida a poetas, en dos terceras partes a todos los demás y también, debido a que una tercera parte del poema opera de manera dual, en cuanto a que la pregunta del medio es también una especie de respuesta, en una tercera parte va dirigido a poetas y a cualquier persona que se pregunte qué pueden hacer los poemas. El poema no vuelve sentimental el sufrimiento de los obreros colonizados en el nombre de la política, ni tampoco estetiza dicho sufrimiento en el nombre del arte. Definitivamente tampoco olvida a estos trabajadores o permite que sean olvidados, ni tampoco olvida asentar su propio lugar en la historia de la lucha de clases. Conserva el persuasivo anti-estilo de las revistas comunistas en Estados Unidos, una forma que se abría tan generosamente a los lectores que ofrecía poca protección a quienes la empleaban (incluido Hughes), conforme enfrentaron una devastadora represión gubernamental en los años venideros. El poema hace todo esto y aun así mantiene un genio formal intrínseco: en resumen, es leal a la poesía, en tanto ofrece un mundo, y es leal a la lucha material colectiva en busca de un mundo mejor, en tanto se vincula directamente con la historia.

El poema es también generoso con el futuro, debido a la portabilidad de su forma, con lo cual me refiero a que es una forma que puede ahora viajar de persona a persona y de época en época, que permite que se escriban nuevos poemas. Tan astuto como el inventor del primer soneto, en este poema Hughes ha dado al mundo una forma duradera, con la que cada uno de nosotros puede escribir su propia versión del poema, sustituyendo por la primera y tercera coplas otros hechos brutales del mundo. A través de su portabilidad, el poema continúa como forma literaria, y se expande como forma social, situando y re-situándose a sí mismo en la lucha revolucionaria conforme se mueve a la par de las formas cambiantes de la historia. El giro del poema, y de cualquiera de los poemas que lo sigan, permanece intacto en sus posibles reescrituras: «¿Qué tipo de poema/Escribirías a partir de eso?». El poema se apoya en estos versos para alcanzar su mayor tamaño, y en el proceso, refleja de vuelta los hechos ante sí mismos, como si fuera un espejo, obligando a que se produzca un devastador encuentro. La pregunta del poema es la propia respuesta del poema: que las cosas no pueden continuar así, y sin embargo sucede. El capitalismo global, que produce hecho miserable tras hecho miserable, encontrará al poema de Hughes en esta y sus otras variaciones durante todo el tiempo en que continúe existiendo esta miserable configuración del mundo. Y este poema, en la versión de Hughes y en todas las que le sigan, intercederá por siempre con su respuesta implacable, que se propaga.

 

***

 

 

Conozco a alguien cuyo trabajo consistía en escribir el código para un programa que predice el declive poblacional y la extinción de varias especies bajo varios conjuntos de posibilidades climáticas. Durante cuarenta horas a la semana, cada semana, intentaba modelar estos futuros sistemas de la muerte, automatizar la imaginación ansiosa sobre lo peor que pudiera pasar, y en qué proporción, y a quién o a qué. Lo denominé un actuario del apocalipsis. Su trabajo consistía en intentar enseñar a las máquinas una relación con el futuro, crearles los nervios y árboles binarios de la extinción —si ocurre esta catástrofe, entonces esta otra, o esta otra, no—, de manera que las máquinas pudieran imaginar un mundo más terrible, más plagado de desgracia y pérdida que el actual. Aunque imaginar lo peor fue en alguna ocasión una actividad profundamente humana, se trata también ahora de la tarea de nuestras herramientas, a quienes les conferimos un cuerpo de desesperanza tal que puedan comenzar a trazar patrones para nuestra tristeza venidera.

Es un poema que permanece en la memoria, que se mueve con la historia, que habita luchas, que se transmite a través de distintas lenguas, que acecha a los individuos, que invoca al futuro, un poema que siempre estará dirigido a resolver las contradicciones que revela.

La máquina de la extinción no vuelve sentimentales ni estetiza los materiales del mundo. Crea formas portables: es ahí donde guarda algunos aspectos en común con el poema de Hughes. De hecho, el programa presenta algo que se parece a los hechos, al igual que también lo hace el poema de Hughes. ¿Pero cuál es la diferencia? Bueno, existe al menos esta: en la máquina de la extinción, lo que alguna vez concebimos como «naturaleza» vuelve a ser ordenada en probabilidades de extinción mediante códigos y los propios materiales que procesa, como el trabajo de mi amigo y el combustible que se utiliza para alimentar a las máquinas para desmpeñarlo, que forman parte de lo que creó dichas probabilidades de extinción en primer lugar.

Por su parte, Hughes ha creado un poema que puede llamarse una máquina anti-extinción. Incluso si todo el papel y las plumas y los libros y las pantallas desaparecieran mañana, poca gente que contemplara seriamente este poema y su inquietante operación podría jamás olvidar su encuentro con el mismo. Es un poema que permanece en la memoria, se mueve con la historia, habita luchas, se transmite a través de lenguajes, acecha a los individuos, invoca al futuro, un poema que siempre estará dirigido a resolver las contradicciones que revela. Contiene vida y ofrece vida, vive a través de la lucha en curso contra el extractivismo, el imperialismo y el capitalismo racial, y se niega en su propia forma a reproducir el violento mundo que fue llamado a representar.

El poema de Hughes pregunta: «¿Qué tipo de poema/Escribirías a partir de eso?». La máquina de extinción pregunta algo muy distinto, mucho más sombrío. Como alguna vez escribiera Alice Becker-Ho: «Las preguntas formuladas por máquinas se enfrentan con respuestas que ellas mismas han creado».

Traducción de Eduardo Rabasa

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