Esclarecimientos

Abril 16, 2020

Por Giorgio Agamben

El miedo es un mal consejero, sin embargo hace que aparezcan muchas cosas que fingíamos no ver. Lo primero que la oleada de pánico que ha paralizado al país muestra con evidencia es que nuestra sociedad ya no cree en nada, solamente en la vida nuda. Es evidente que los italianos están dispuestos a sacrificar prácticamente todo, las condiciones normales de vida, las relaciones sociales, el trabajo, hasta las amistades, los afectos y las convicciones religiosas y políticas, ante el peligro de enfermarse. La vida nuda –y el miedo a perderla– no es algo que una a los hombres, sino que los ciega y los separa. Los otros seres humanos, como en la peste descrita por Manzoni, ahora son vistos sólo como posibles contaminadores que a toda costa debemos evitar y de los cuales debemos mantenernos a una distancia de al menos un metro. Los muertos –nuestros muertos– no tienen derecho a un funeral y no está claro qué ocurre con los cadáveres de las personas que amamos. Nuestro prójimo ha sido eliminado, y es curioso que las iglesias callen a este propósito. ¿En qué se convierten las relaciones humanas en un país que se acostumbra a vivir de esta forma, sin saber por cuánto tiempo? ¿Y qué es una sociedad cuyo único valor es la supervivencia?

La otra cosa que la epidemia ha hecho aparecer con claridad, no menos inquietante que la primera, es que el estado de excepción al que los gobiernos nos han acostumbrado desde hace tiempo se ha convertido verdaderamente en la condición normal. En el pasado ha habido epidemias más graves, pero nadie había pensado en declarar por ello un estado de emergencia como el actual, que nos impide incluso movernos. Los hombres se han acostumbrado a vivir a tal punto en condiciones de crisis perenne y de perenne emergencia que no parecen darse cuenta de que su vida ha sido reducida a una condición puramente biológica y que ha perdido toda dimensión no sólo social y política, sino hasta humana y afectiva. Una sociedad que vive en un perenne estado de emergencia no puede ser una sociedad libre. Vivimos en una sociedad que ha sacrificado la libertad a las llamadas “razones de seguridad”, y por ello se ha condenado a vivir en un perenne estado de miedo y de inseguridad. 

No sorprende que para referirse al virus se hable de guerra. Las medidas de emergencia nos obligan a vivir de facto en condiciones de toque de queda. Pero una guerra con un enemigo invisible que puede anidarse en cualquier ser humano es la más absurda de las guerras. Es, en realidad, una guerra civil. El enemigo no está afuera, está dentro de nosotros. 

Lo preocupante no es tanto, o no sólo, el presente, sino el mañana. Así como las guerras han dejado a la paz como herencia una serie de tecnologías nefastas, desde los alambres de púas hasta las centrales nucleares, es muy probable que se busque continuar, aun después de la emergencia sanitaria, con los experimentos que los gobiernos no habían logrado antes llevar a cabo: que se cierren las universidades y las escuelas y se hagan lecciones sólo por internet, que nos dejemos de reunir y de hablar de una buena vez por razones políticas o culturales y que nos intercambiemos sólo mensajes electrónicos, que dondequiera que sea posible las máquinas sustituyan todo contacto –todo contagio– entre los seres humanos. 


17 de marzo de 2020


Traducción de Ernesto Kavi 

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