El coronavirus o la venganza del pangolín

Abril 14, 2020

Por Fahim Amir

1. El coronavirus es la venganza del pangolín

Lo que jamás había sido logrado por ningún partido político o sindicato: detener la rueda del capitalismo global, fue logrado por una alianza entre pangolines y murciélagos. Parece que el problema no son los y las activistas orquestando la liberación de animales contagiosos de laboratorios que después esparcen la epidemia, como suele ser representado en películas apocalípticas. El problema parece ser más bien la humedad en centros vacacionales de eski, la crianza, trata y explotación de animales y la predilección culinaria de ciertas élites. Una cantidad abrumadora de entre las nuevas enfermedades infecciosas han tenido la zoonosis como origen, es decir, se transmitieron del animal al hombre. Que sea una gripe "aviaria" o "porcina", SRAG, MERS, VIH o ébola, regularmente tiene que ver con la crianza intensiva o a gran escala de animales para el consumo humano. Por otra parte, la destrucción de sus hábitats naturales promueve un “turismo foráneo” microscópico entre especies. En el caso del coronavirus, investigaciones genéticas indican que los agentes patógenos pasaron de murciélagos a pangolines y de estos últimos a nosotros. El pangolín, que nos hace pensar en las largas piñas de un abeto con patas, es considerado en China como un manjar entre las élites y, en la medicina china tradicional, como un costoso remedio. Es el animal salvaje más contrabandeado del mundo y, hoy en día en China, extinto de facto. La actualidad de lo que estamos viviendo es su venganza. La venganza, en el pensamiento político, indica por lo general una estrategia consciente, activa e intencionada. Pero esta crisis, y no sólo ésta, nos obliga a expandir y repensar el concepto de lo político. La naturaleza no es un simple objeto pasivo ante las inferencias políticas, sino más bien un agente rebelde de lo político. 


 

2. Coronavirus, cuerpos y tiempo: de regreso al futuro

En la mayoría de los países industrializados no se asumió durante mucho tiempo lo que se anunciaba con el coronavirus. Incluso Europa estaba desprevenida. Lo primero que pensamos: eso no nos puede pasar. Pensamos, tenemos otros cuerpos. Las hambrunas, las crisis, los virus los hay siempre únicamente allende, en los trópicos, en el lejano oeste. Evidentemente, nuestros cuerpos no son susceptibles. Tales terribles cosas no podrían sucedernos a nosotros. Y lo siguiente que pensamos fue: y si nos llegara a ocurrir, contamos con los medios técnicos para reaccionar ante la situación. Nos las arreglaremos. Y la tercera cosa que pensamos era clara desde un principio: contamos con los medios financieros para combatir algo así. Estas fueron las tres ideas que nos impidieron prevenirnos del coronavirus. Al día de hoy, dicha mentalidad se va desvaneciendo.

Una particularidad de la situación yace en el hecho de que aparentemente nos hemos convertido en los testigos de nuestro propio futuro, el cual ya ha ocurrido en otras tierras. Vemos nuestro propio futuro: en Corea del Sur, en Italia. Primero un final feliz, después una catástrofe. Percibimos dos futuros muy diferentes. Y también el pasado regresa: los Alpes fueron considerados, hasta bien avanzado el siglo dieciocho, como el paisaje más horrible, extraño y peligroso. Dado el manejo tirolés de la crisis, eso podría pronto significar: back to the future. 

 

3. Coronavirus y sociedad: aplausos para las cajeras

El virus funciona como un estroboscopio, el cual nos muestra la realidad social bajo otra luz. No sabemos todavía: ¿se trata de una nueva realidad, o es la vieja, que sólo se ha vuelto ahora visible? La situación nos hace pensar en una puerta mágica giratoria para políticos, los cuales entran como neoliberales gruñones y salen como socialistas. De repente la solidaridad lo es todo y el dinero no tiene ninguna importancia. 

En el neoliberalismo es el individuo quien es culpable de todo. Si no estás en forma o no tienes trabajo o estás triste o feo: es tu culpa. Lo bello de la crisis actual es que tanta gente no es culpable de nada. ¡La naturaleza tiene la culpa! El virus toma el cargo de la función que antes ostentaba el demonio: estar poseído y, por lo tanto, ser falible, amoral o propenso al crimen. Una fuerza exterior, así como toma posesión, también puede, con una cierta habilidad, ser expulsada nuevamente. Esta es la imagen del mal que ha sido internalizada en la modernidad. Podríamos permitirnos entender la situación actual como un momento de libertad, al menos en la medida en que nos liberamos de esta forma particular de culpabilidad moderna.

Al mismo tiempo, la reacción apropiada frente al coronavirus parece ser justo aquello que el neoliberalismo ya promovía: el aislamiento, el fin de la solidaridad, la llegada de las Yo-S.A. y de las prestaciones privadas. Ahora, el aislamiento social como medida de prevención es propugnado ampliamente. Empero, poderosos grupos de interés han establecido que grandes partes de la población deben asistir a sus empleos normalmente. Así, en algunos lugares expanden una cierta moral autoritaria entre los estratos sociales por medio de la cual, no sin un cierto enojo, pregonan una disciplina que ellos mismos no son capaces de asumir. El estrés del homeoffice se vuelca hacia afuera como resentimiento. Y justo quienes nunca tuvieron una idea de qué viven las cajeras del supermercado, de cuánto les toca pasar día a día, etcétera, aunque ahora les aplauden con todas sus fuerzas, en realidad se aplauden a sí mismos. El voluntarioso aplauso, al contrario, nos hace pensar más en una condesa elogiando a su cochero. El hashtag viral #staythefuckhome también es ideal para la política autoritaria y el aislacionismo nacionalista. Yo propongo como alternativa razonable #stayresponsible.

 

4. El coronavirus y los invidividuos: por favor, esperen

Nos encontramos en una situación de espera: esperamos las nuevas medidas del gobierno, los fondos de indemnización, los exámenes de admisión, el nuevo inicio de la vida social. La espera conlleva, en principio, una dinámica de pasividad. Esperar es algo que nos pasa y que perdura hasta que un impulso exterior se presenta: de repente, todo vuelve a comenzar. Se puede, sin embargo, sobreponerse a dicha pasividad a condición de ocupar la espera con algún contenido, con actividad. La verdadera espera sólo es posible cuando, desde la esperanza, esperamos algo de la vida. Vegetaríamos de otra forma. Hay también dos otras dimensiones de la espera: una situacional y otra existencial. Esperamos a que abran la heladería y esperamos el día del juicio final. O a que por fin la vida tenga algún sentido. Cada uno, conforme a su trabajo, a su educación y a sus ingresos puede significar la espera como algo agradable, meditativo o como un dolce far niente: finalmente tiempo para mirar los árboles del parque o del jardín, para preocuparse de uno mismo. No obstante, la espera también puede ser todo lo contrario. Por último, entre la espera relajada del que pesca por hobby y la espera estresante de la trabajadora sexual existe una enorme diferencia. Esperar es siempre ambivalente e implica una plenitud paradójica. Puede ser activo o pasivo, algo que irrita los nervios o que tranquiliza. Existen también un sinnúmero de tecnologías de la espera, todas desconcertantemente efectivas: tomar un turno en un consultorio, los tiempos estimados de espera en las líneas telefónicas, los cuales hoy en día para algunas compañías de viaje ascienden hasta veintiún horas. No debemos, como aquellos que esperan, acortar la espera de manera frívola. Suele ser sospechoso cuando las cosas son demasiado rápidas. Cuando un proyecto inmobiliario es aprobado inmediatamente, hay un fuerte hedor a corrupción. Así, nuestra espera cuenta con los rasgos más incómodos de la prisión y de la detención preventivas: desafortunadamente no sabremos nunca exactamente cuándo acabará esto. 

Traducción de David Luna

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