Hay vida después de los paradigmas

Abril 7, 2020

Por Morris Berman

Esta conferencia fue escrita para ser impartida en la UNAM durante el mes de mayo, pero parece que el coronavirus la ha pospuesto indefinidamente.

 

La mayoría de las personas ama los relatos, así que pensé en contar uno. Este relato tiene el valor añadido de ser verídico. Hace muchos años, un sociólogo británico llamado Max Marwick se mudó a Rodesia del Norte, o lo que ahora conocemos como Zambia, cuya población tribal, los cewa, practicaban una forma de brujería. Alineado con la tradición académica, Marwick no consideraba que aquellas creencias mágicas tenían sustento alguno en la realidad objetiva, física. Este criterio disponía que el trabajo del antropólogo era estudiar estas creencias desde fuera, tal y como se manifestaban; que debía comprender en qué consistían las creencias y prácticas más importantes e intentar dilucidar por qué es que estas personas tribales creían en ellas. Y así fue que rentó o compró no recuerdo exactamente cuál fue el arreglo, una choza de paja en la aldea y se estableció ahí durante un año de investigación, esto es, de observación.

 

Hubo, no obstante, un problema muy particular durante su estancia: Marwick no podía dormir. Cuando escribió su historia más tarde la llamó “El caso de las lechuzas danzantes”. Cada noche una parvada de lechuzas se reunía en el techo de su choza saltando y revoloteando. Pero esto no era Inglaterra, y los cewa sin duda no tenían exterminadores. Además, Marwick quería probar una solución nativa y no una occidental, así que decidió visitar al hechicero local. El remedio sugerido no fue para nada el que esperaba. El hechicero le pregunto que si antes de dejar Inglaterra había tenido algún problema familiar. Resultó que sí: Marwick tuvo una discusión extremadamente mordaz con uno de sus tíos que lo dejó sintiéndose culpable y deprimido. El hechicero le recomendó algunos remedios que debía untarse en la piel y añadió que debía escribirle a su tío para hacer las paces. “Después”, dijo, “las lechuzas te dejarán tranquilo”. Como era de suponerse, Marwick no hizo ni lo uno ni lo otro.


Es aquí donde llegamos a un asunto de epistemologías contrapuestas. Para Marwick la recomendación era un absurdo. ¿Qué posible relación podía haber, pensó, entre el conflicto que tenía con su tío y unas lechuzas danzando sobre su techo? En lugar de darle una oportunidad al remedio del hechicero, decidió pasar toda su estancia en la aldea con unas lechuzas ruidosas que no lo dejaban dormir. Pero si reemplazamos la epistemología occidental científica con aquella propia de la brujería africana, podemos vislumbrar una imagen distinta. Los sistemas de causalidad africanos ponen mucho énfasis en las relaciones sociales, y los cewa le atribuyen la emergencia de eventos negativos a problemas entre ellas. Como los gatos en Nueva Inglaterra durante el siglo XVII, las lechuzas son consideradas entidades embrujadas: animales con poderes sobrenaturales que ejecutan los designios de hechiceros o agentes malévolos. El hechicero que Marwick consultó creía que su tío había enviado a las lechuzas para irrumpir en sus horas de sueño en venganza por aquella amarga discusión que sostuvieron. De ahí que el remedio lógico fuera enmendar la relación, tras lo cual las lechuzas habrían de partir. Lo que resultaba obvio para los cewa parecía una locura total para el sociólogo occidentalizado.

Ahí termina el relato, pero no los cuestionamientos que de él se desprenden:

1.Dejando de lado las medicinas del hechicero, ¿es posible que Marwick no le escribiera a su tío porque desde su punto de vista la relación causal entre un evento y otro era ridícula, o porque tenía temor de que funcionara?

2.¿Qué habría pasdo si Marwick le escribía a su tío, reparaba la relación y las lechuzas desaparecían?

3.Marwick se veía a sí mismo como un científico social y el corazón del pensamiento científico está en los experimentos empíricos. Su reacción, no obstante rechazar una teoría a priori, difícilmente podría considerarse como el resultado de una experimentación científica. Después de todo, podría haber puesto a prueba la teoría y sin embargo se negó a hacerlo. No es el mejor ejemplo de un procedimiento científico o de un espíritu curioso, a mi parecer.

4. Recordemos que Marwick estaba dispuesto a posar una mirada antropológica en los cewa, pero al parecer no tenía ningún interés en posar mirada alguna en su propia cultura. Nosotros los occidentales tenemos la verdad, esa es la idea, así que observamos y registramos el comportamiento “extraño” de culturas “primitivas”. Jamás se nos ocurre que, por ejemplo, los aborígenes australianos puedan mirar la cultura inglesa como extraña, si no es que directamente desquiciada. (De hecho, ignorar deliberadamente las relaciones sociales podría ser puntualmente considerado como una conducta tóxica. Permítanme añadir que esta es la razón por la que dejé los Estados Unidos hace 13 años.) Como dijo una vez un sociólogo iluminado “hay más sociología en un departamento de estudios sociológicos que en el resto del mundo”.

Permítanme sugerir que la ciencia occidental, a pesar de que contempla mucho de lo que objetivamente puede ser tomado como cierto, también tiene huecos importantes. Ningún paradigma traza una representación perfecta de la realidad; esto sencillamente no es posible. Cuando insistes en que tu paradigma es perfecto, has entrado entonces en el reino de la religión, esto es, de las creencias incontestables. La ciencia puede transformarse en religión de la misma forma que puede hacerlo cualquier otro paradigma y esta fue la ruta que siguió Marwick. Sospecho que si le hubiese escrito a su tío y como consecuencia las lechuzas hubieran partido, habría sufrido un colapso nervioso. Su mundo hubiera dejado de tener sentido para él mismo y de manera consecuente no habría tenido ningun asidero para orientarse en el mundo, ni tener forma ya de saber quién era. Los misterios y los milagros simplemente no entraban en su visión del mundo.

Personalmente no encuentro la conexión lechuzas-tío tan misteriosa, si estamos dispuestos a conferirle a lo que llamamos “pre-ciencia”: magía, brujería, alquimía, astrología, numerología y derivados, algún tipo de validez. La magia en las tradiciones medieval y renacentista se basaba en lo que se conocía como principio de correspondencia, que postulaba que el mundo está interconectado: cada cosa está relacionada con todo lo demás. De hecho, esta teoría ha sido resucitada en el seno del campo de la medicina holística y ciertos ámbitos de las ciencias ambientales y es también el fundamento ético del budismo. Las aves, por ejemplo, comienzan a trinar, a comportarse de manera extraña, momentos antes de un terremoto. Esto es bien sabido, especialmente en comunidades rurales. De manera análoga, es posible que sean capaces de detectar perturbaciones en los seres humanos. Marwick estaba sumamente abatido emocionalmente; se paseaba con un pesado fardo producto de la culpa que le causó la ruptura con su tío y las lechuzas recogieron su “vibra”, esto es, su perturbada energía. No me cabe ninguna duda de que si le hubiera escrito a su tío y puesto su alma en reposo, las lechuzas se habrían ido volando de ahí.

El principio de correspondencia también tiene otro nombre: “acción a distancia” y de hecho no se encuentra tan alejado de la ciencia moderna. El máximo apego intelectual que tenía Isaac Newton era la alquimia. Escribió miles de páginas sobre la materia que jamás se publicaron. El economista británico John Maynard Keynes, quien descubriera dichas páginas, declaró que Sir Isaac había sido “el último de los magos”; y que había sido la alquimía lo que le había sugerido a Newton la noción de “acción a distancia”, idea central en su ley de la gravitación universal. Sin la alquimía es posible que jamás habríamos puesto a un hombre en la luna. El principio de correspondencia, como la ley de gravitación universal, se basa en la noción de la influencia invisible; esta es la razón por la que el hechicero le dijo a Marwick que le escribiera a su tío. 

Pero Marwick no podía hacerlo porque un resultado positivo habría supuesto un golpe devastador para sus categorías mentales. Si hubiera considerado las ciencias modernas como una visión posible de la realidad entre otras, esto no habría sucedido. Pero para él, la ciencia era una verdad indisputable, una religión, y por ende estaba atrapado. Mejor soportar unas lechuzas ruidosas y el subsecuente insomnio que albergar una creencia razonable en fuerzas invisibles. Citando al poeta británico W.H. Auden, “Preferimos arruinarnos que cambiar”. Una idea deprimente.

 

Quisiera abordar dos ideas a manera de conclusión y abrir el espacio para una discusión colectiva:

 

  1. No sé si sea verdad o no pero alguien me dijo que una de las frases más citadas en la red proviene de mi libro Cuerpo y espíritu. La historia oculta de Occidente: “Una idea es algo que posees; la ideología es algo que te posee a ti”. ¿No es acaso posible cultivar una distancia de, digamos, 2 milímetros entre lo que somos y lo que creemos? Este podría ser el principio para alcanzar la paz mundial, si lo piensas con detenimiento.

 

  1. La razón por la que convertimos ideas en ideologías o, lo que es lo mismo, en mitologías y religiones, es que nos sentimos atemorizados por el mundo exterior. Por supuesto que hay muchas razones para sentirnos atemorizados por él. Así que nos apegamos a diversos sistemas de creencias, ya sean sagrados o seculares, que nos brindan la ilusión de seguridad. Pero como todos los paradigmas, incluido el de la ciencia moderna, están incompletos, en última instancia esto no puede funcionar. Existe, sin embargo, una salida: aceptar la inseguridad y la incompletitud como algo ineludible; como un rasgo humano central.

 

Por supuesto: es más fácil decirlo que hacerlo.

(c) Morris Berman, 2020

 

Traducción de Diego Rabasa

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