En cuerpo y alma

Mayo 9, 2023

En cuerpo y alma

Olivia Teroba

Mi abuela tenía ojos azules, la piel blanca y un cabello negro que teñía de rubio. Su mamá, su hermana y sus primos, ostentaban con orgullo la escasez de melanina en su piel. «Habrá sido algún francés que pasó por el pueblo», es la versión oficial para explicar estos rasgos que distinguían a la familia Serrano dentro de El Jaral, en Guanajuato. Intento dilucidar lo que se oculta detrás de las palabras. El francés sin nombre, el haber pasado sin quedarse, la secrecía que casi siempre encubre un acto de violencia.

A mi abuelo, tez morena, de indudable origen indígena, apellido del País Vasco, probablemente heredado del patrón de una pequeña hacienda en Acuitlapilco, Tlaxcala, no le fue fácil ganar la venia de la familia de su futura esposa. Él tuvo que hacerse de una personalidad carismática, ingeniosa, solícita. Se volvió un excelente orador. Su pronunciación nunca fallaba, su discurso siempre circulaba dentro de los temas que dominaba a la perfección: historia, política, economía. Si hablaba con una mujer, sabía impresionarla con anécdotas de otros tiempos narradas minuciosamente. En caso de que el interlocutor fuera un hombre, le daba pie a continuar el diálogo, se interesaba por sus asuntos, hacía las preguntas acertadas en el momento preciso.

 

En busca de Kayla - Patricio Betteo.jpg

Ilustración de Patricio Betteo, tomada del libro En busca de Kayla.

 

Pese a que él supo hacerse de prestigio gracias a las palabras, a su disciplinada pero también obsesiva búsqueda de conocimiento, sus hijas y la nieta que crio fuimos un punto ciego en su proyecto de tener una vida ilustre, destacar sobre el resto. No se dio cuenta de que su forma de educarnos nos transmitió la sobreexigencia que aplicaba sobre sí mismo. Lo enunciaba de vez en cuando, en momentos donde la lengua se le soltaba: «las personas feas debemos ser inteligentes».

Él ignoraba que el desprecio aprendido hacia su color de piel y sus rasgos era hereditario.

Tampoco se percató de que su voz tan sonora fue apagando nuestras voces.

Las pocas veces que, de niña, se me ocurrió contradecirlo, me gané que mi madre o mi abuela me taparan la boca de inmediato y me reprendieran con un descalificativo recurrente: «no seas rezongona». Las mujeres de la familia ponían el ejemplo: lo escuchaban sin cuestionarlo, de vez en cuando hacían algún breve comentario que constataba sus afirmaciones.

A través de las heridas causadas por opresiones y discriminaciones, de raza, de clase y de género, me enseñaron a guardar silencio. Para pensar en mi cuerpo, tengo que pensar en cómo fue silenciado desde que alguien dijo: es niña.

 

*

 

Y aun así, el cuerpo no puede entenderse de manera lineal. No hay una sola causa, seguida de una sola consecuencia. Cada momento del día lo va transformando. Está repleto de contradicciones. A ratos estoy orgullosa de mí misma, otros me odio profundamente. A veces me siento incapaz. De pronto, creo que puedo entender y amar el mundo. A veces quiero abrazar a la gente que estimo. Otras, me siento olvidada y sola. A ratos siento que soy mi cuerpo. Otros, me miro desde fuera, como si no me conociera.

 

*

 

Durante la adolescencia quise burlar aquella autoridad omnipresente consumiendo psicoactivos, sustancias que permiten llevar el pensamiento de un sitio a otro de manera insólita. Aunque fuera de momento, me liberaban de algunos hábitos: la excesiva timidez, el letargo abrumador, la tristeza, la secrecía. Me instaban al movimiento.

Podía desasirme, por unas horas, de adjetivos que pesaban sobre mi cuerpo desde muy chica: floja, gorda, jorobada, arrítmica, morenita, greñuda. Palabras metidas dentro de regaños, insultos en el espacio público, pero a veces, y eso era lo peor, en frases cariñosas. La fiesta más atascada de todas: galletas de mota, LSD, agua de melón mezclada con anfetaminas, terminó en la terraza en casa de unos amigos. Tenía dieciocho años, vimos el amanecer, había estrellas y supe que tenía un lugar en el mundo.

Pero esas y otras sustancias también me mostraron el filo de la noche, sitios a donde prefiero no volver. La resaca me duró días, años, quizá sigo recuperándome de aquella euforia. Quizá por eso me costó tanto abandonar mi ciudad de origen y descubrir que la desmesurada empatía que me mostró mi mente adolescente era muy estimulante en el plano de las ideas, pero no concordaba con el mundo material. Jamás logré sentirme conectada así, de nuevo, con nadie.

 

*

 

Mi cuerpo entendió antes que yo las amenazas de mi entorno. La compañera desaparecida, el silbido en la calle. La costumbre de pasarse al otro lado de la banqueta. Los juicios contra la gordura. La ropa holgada, los hombros caídos para ocultar los senos. La exigencia de imitar los cuerpos hegemónicos. La falta de hambre. La orden implícita de no llamar la atención. Hablar en voz baja, titubear, perder la mirada para no ver de frente.

Es difícil aclararle las cosas. Muchas veces tengo que darle a entender lo que ocurre, como si consolara al animal asustado que soy. Tengo que darme a entender —creerlo de verdad— que todo está bien. Que estoy en un lugar seguro, que soy lo suficientemente fuerte para sobrevivir. Que no conviene buscar los subidones de adrenalina que me da la ansiedad, porque el bajón es largo y complicado. Que prefiero, aunque no lo parezca, la tranquilidad, la calma, el equilibrio.

Con frecuencia, nos desencontramos. Y yo lo busco. Busco el estado de consciencia que mantenga mi alma dentro de mí. Supe por distintas vías que podía alcanzarlo por mí misma. Que podía aprender a bailar por mi cuenta, a hacer comunidad, conectar mi mente, mis sentimientos, al cuerpo. Pero el aprendizaje era todo cuesta arriba. Tuve que dejar la búsqueda espiritual para más tarde, porque había algo primordial que hacer: sobrevivir.

 

*

 

Después de separarme del núcleo familiar, fui dependienta, guía de museos, vendí por catálogo todo lo imaginable a mis tías y mis compañeras de la universidad: zapatos, cosméticos, Tupperware. En un punto, el comercio no fue suficiente. Entonces se me ocurrió empezar a explotarme cognitivamente. Contestaba exámenes, hacía ensayos y transcripciones. Y llegué a un momento muy cercano a donde estoy ahora. Un momento donde la escritura se ha conformado como un medio de vida, además de una forma de conexión con el mundo.

Soy parte de un cognitariado que presta sus servicios a precios nimios con tal de mantener cierta libertad de movimiento, es decir, con tal de no trabajar en una oficina y tener tiempo para leer y escribir. Mis prioridades son pagar el seguro médico al mes, comida, ropa, libros. No estoy en una situación desesperada, ni mucho menos. Pero no por ello renunciaré a mi derecho a quejarme. Pienso que el disgusto puede ser una forma de encontrar otros caminos.

Y estas quejas vienen también del cuerpo.

Estoy cansada. Escribo desde el cansancio que es mi cuerpo. Muchas veces me han preguntado por el secreto para dedicarse de lleno a la escritura. Respondo que lo mejor es conseguir una manera de ocupar todo el tiempo posible en leer, escribir, contemplar y hacerse preguntas, pero sin dañar el cuerpo. Ojalá viviéramos en un mundo donde crear no implicara sacrificar otra cosa. Ojalá pudiera ser un goce, y no la encrucijada de malestares que parece un rito de iniciación para dedicarse a las artes, al menos en este país.

Hablo de los días enteros que paso frente a la computadora para terminar algún trabajo, después resolver un compromiso relacionado al medio literario, y más tarde escribir. Pienso no solo en mí, sino en tantas personas que nos dedicamos a crear con la costumbre de la precariedad. Pareciera que quienes escribimos en este país no sabemos ganarnos la vida; la vida casi siempre nos gana. Y a veces romantizamos estas dificultades.

La escritura nos pide un tiempo que el capitalismo no nos deja, así que se lo quitamos a nuestro bienestar. Dejamos de salir a la calle, de respirar aire fresco. Comemos mal, dormimos tarde. No dormimos. Ponemos el cuerpo en la escritura.

Shigeru Mizuki, dibujante de manga, le responde a dos colegas en un cómic, cuando ellos se quejan amargamente de lo poco que han dormido: «Yo duermo diez horas al día, no importa lo ocupado que esté. No deberían subestimar el poder del sueño. Cosas como la felicidad también se consiguen durmiendo». Quizá el secreto para encontrar un estado de conciencia pleno tiene que ver con algo tan sencillo como dormir bien.

La habitación propia la pienso en una materialidad que va más allá de las cuatro paredes. Implica procurar las condiciones de vida que me permitan la escritura: el tiempo para caminar, para ver el cielo, para abrazar a mis amigues, para escuchar la lluvia. Todos los días intento acercarme un poco más a eso. O, simplemente, postergo todo lo demás y me doy un espacio para el descanso.

Soy muy diferente a mi abuelo. Escribo de temas que no entiendo a cabalidad. Escribo sobre mis dudas, mis miedos, placeres y desencantos. Pero, aunque no lo parezca, camino por un terreno conocido. Habito y escribo mi cuerpo. Éste me incita a buscar en las palabras un ritmo, intentar hacer de la escritura una fiesta donde quepan muchas voces. Quiero encontrarme otra vez con los pequeños dioses de la cotidianidad. Quiero conducir mis palabras a través de pensamiento, sensación, sentimiento, ritmo, a un amanecer con estrellas. Quiero construirme la confianza desde la cual enunciar mi forma de ver el mundo.

Este ensayo fue parte del proyecto Conversaciones, ejercicio de escritura y conversación, de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca.

 

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