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Valeria Luiselli habla sobre su libro ‘Los niños perdidos’ y la importancia de la resistencia en la era de Trump

diciembre 19, 2016

The New York Times en Español

Valeria Luiselli es una de las escritoras más destacadas de su generación (si es que en estos tiempos líquidos pueden identificarse “generaciones”). Ha sabido escalar con talento por los peldaños de un mundo —el literario— que es a la vez misógino y progresista. Su obra publicada es corta, pero posee una voz sólida y única. Sus libros Los ingrávidos(2011) y La historia de mis dientes (2014) fueron traducidos al inglés y han cosechado buenas críticas en el competido mercado editorial anglosajón.

Como ensayista, Luiselli sabe poner la mirada en lo pequeño, en los detalles que la acelerada cotidianidad oculta en las ciudades, las casas y los cementerios. En este ámbito se encuentran Papeles falsos (2010) y su más reciente libro, Los niños perdidos (Sexto Piso), un ensayo a medio camino entre la crónica y el reportaje donde Luiselli da cuenta de la trágica historia de los niños migrantes en Estados Unidos.

El libro tiene como punto de partida el cuestionario aplicado por la Corte Federal de Inmigración de Nueva York a los niños migrantes para determinar si serán deportados o no. Cuarenta preguntas bastan (y sobran) para una reflexión que oscila entre la vida íntima y la vida pública; la elegancia de la prosa recuerda a Everyday is for the thief del escritor nigeriano Teju Cole.

Las voces de los niños entrevistados también cuentan la historia actual de Estados Unidos. “Los niños que entrevisto pronuncian palabras reticentes, palabras llenas de desconfianza, palabras fruto del miedo soterrado y la humillación constante”, escribe Luiselli.

Leído a la luz de la era de Trump, Los niños perdidos resulta fascinante. Como si esos niños hubiesen estado allí desde hace tiempo advirtiéndonos que “la tierra de los libres” no es ni postracial ni progresista sino una tierra salvaje, cruel y despiadadamente esperanzadora.

Luiselli se propone darnos claves para entender y enfrentar el complejo fenómeno de los niños migrantes y sus consecuencias. En parte la estrategia del poder ha sido hacer invisibles estas tragedias comunes y constantes, normalizarlas. En su libro, la escritora se propone “registrar la mayor cantidad de historias individuales posibles. Escucharlas, una y otra vez. Escribirlas, una y otra vez”. Y agrega: “Porque no hay modo de estar al tanto de lo que ocurre en nuestra época, en nuestros países, y no hacer absolutamente nada al respecto. Porque no podemos permitir que se sigan normalizando el horror y la violencia”.

Me reuní con Valeria una fría mañana de otoño en la Ciudad de México para platicar sobre su último libro, cuando los ecos de los resultados electorales en Estados Unidos todavía estaban presentes, sin excepción, en todas las conversaciones.

¿Por qué escribir un ensayo sobre los niños migrantes?

No es un libro que lo tuviera planeado. En esa época estaba escribiendo una novela en la que llevo un tiempo trabajando y había decidido no aceptar otros proyectos. Pero las cosas no siempre son como se planean. Mi propio estatus migratorio –que, como mi novela, se encontraba atorado— y el boom de noticias sobre el tema irremediablemente me hicieron entrar a este mundo como traductora voluntaria en la corte. Una nunca está preparada para oír esas historias. El texto comenzó como un ensayo que John Freeman, editor de Freeman’s, me convenció de escribir y terminó como este libro.

¿Qué historia cuentan los niños migrantes?

Son auténticas historias de terror. Cada una es parte de una compleja constelación en la que las estadísticas no son suficientes. No solo hablan de una historia particular sino de un relato colectivo de grandes desplazamientos del sur a los nortes globales, la historia de la violencia del capital y de la desigualdad rampante en América Latina. De alguna manera el cuestionario, al ser al mismo tiempo frío y preciso, ayuda a registrar esas voces con mayor claridad.

Las preguntas a los niños están enfocadas en su experiencia en Estados Unidos, pero las experiencias desde México o América Central deben ser devastadoras

No podemos sino sentir vergüenza de lo que sucede en México. Nos hemos convertido en un infierno para millones de personas, un infierno cruento e inimaginable. Allí están las fosas comunes de todos esos cuerpos sin historia de los que nadie se hace cargo.

En tu libro relatas un viaje al interior de Estados Unidos en el que los medios locales cuentan una historia distinta de la situación de los niños migrantes, en comparación con el enfoque de los grandes medios.

Ahí los relatos son diferentes a los que leo a diario en The New York Times o algunas veces en The Washington Post. Mientras viajábamos recolectamos medios impresos locales y ahí se contaba con mayor preocupación o alarma la historia de los niños migrantes. El lenguaje usado en esas notas en donde insistentemente se les llamaba ilegales o que tenían comentarios xenófobos ya nos podían dar señales del Trumpismo.

¿Hay esperanza?

En mi naturaleza está ser optimista. La esperanza se encuentra en la resistencia, en chicos como Manu —uno de los protagonistas del libro— y en los miembros de instituciones como la Teenage Inmigrant Integration Asociation (TIIAS), es decir, en la organización comunitaria. En la escritura, en poder contar estas historias y que se amplifiquen y expandan, en la memoria y la acción política.

Nota publicada originalmente en The New York Times en Español