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Profecías neoliberales de William Gaddis

octubre 14, 2016

Revista para leer

A estas alturas del siglo XXI, sabemos que Internet es, entre otras cosas, una gran plataforma diseñada por el sacrosanto Estado para vigilar, de forma inmisericorde, al individuo, todo ello con la connivencia activa o pasiva de las principales firmas tecnológicas. La profecía gaddiana se ha cumplido. Nos referimos al escritor norteamericano William Gaddis (1922 – 1998), que dedicó gran parte de su carrera como novelista al examen paranoide de los sistemas de (des)información e (in)comunicación. El tema principal de sus escritos es el despojo de los espacios comunales utópicos por una versión u otra del entramado militar-industrial. Su mística de culto lo ha convertido, muy a su pesar, en un escritor profético, con una comprensión sin precedentes de las corrientes esotéricas de la vida moderna.

 

El arte actual se escribe con f

En la novela Los reconocimientos (1955), el pintor Wyatt Gwyon se dedica a firmar obras de maestros como El Bosco, Hugo van der Goes y Hans Memling. Para ser más exactos, Wyatt crea nuevas pinturas que reproducen a la perfección no sólo el estilo de los viejos maestros, sino también su espíritu. Tras envejecer a conciencia las imágenes, añade la firma del artista en cuestión. Desde ese momento, la pintura ya no es un original de Wyatt, sino un “nuevo” original de un genio muerto hace tiempo.

“La mayor parte de las falsificaciones sólo duran unas cuantas generaciones, precisamente porque están hechas con tanto cuidado al gusto de la época; un Rembrandt falso, por ejemplo, confirma todo lo que esa época ve en Rembrandt”. Basil Valentine, otro de los personajes de la novela, es un artista con talento, pero al igual que Wyatt, es reaccionario. Para Basil, innovar es apropiarse de ideas y obras ajenas: “La gente más original se ve obligada a dedicar todo su tiempo a plagiar. Su único problema es que si tienen una chispa de ingenio o sabiduría no se la reconocen. La maldición de la inteligencia”.

Los personajes de Los reconocimientos son artistas que buscan la salvación a través del arte, autores errantes, unas veces héroes y otras, villanos, que se ocupan de registrar los préstamos involuntarios y las falsificaciones de la cultura moderna. Así, la obra está llena de impostores y farsantes, falsificadores y estafadores, aspirantes a artista: “Allí había poetas que pintaban, pintores que hacían crítica musical, compositores que reseñaban novelas, novelistas inéditos que escribían poesía”. Todo artista es un embaucador y el Viareggio, un pequeño bar italiano donde se los embaucadores se congregan, “cloaca de todos los vicios, donde se considera la virtud como prueba de estupidez, y la prostitución conduce a la fama”.

Equiparable al Ulises en ambición, uso del lenguaje y penetración irónica, la novela de Gaddis se nutre, al igual que la de Joyce, de la cultura popular y la erudita. Ambas pueden ser elitistas e irreverentes, y todo ello de forma intencionada. Licenciado por la Universidad de Harvard y habitual de los circuitos culturales de Nueva York, Gaddis se ocupa en su novela lo mismo de los papas medievales, los santos, el antiguo culto romano de Mitra y los maestros holandeses, que de los clubes de madrugada y los rincones ocultos de Greenwich Village.

Obra posmodernista temprana, Los reconocimientos participa de una imaginería típicamente modernista. A esta corriente anglosajona pertenecen su sexualidad torturada, su fragmentación, su despecho por la estructura, su obsesión por el estilo y sus limitaciones, su hilaridad basada en la mezcla de alta y baja cultura a la que aludíamos antes. Posmodernistas son, por el contrario, el estilo descarnado de algunos pasajes que prefiguran a Burroughs, la metaficción que asociamos a Calvino y Borges.

William Gaddis ganó el National Book Award por su segunda novela, Jota Erre (1975), pero es su primer libro, Los reconocimientos, el que sustenta su modesta reputación literaria. En un siglo en que no faltaron novelistas invisibles, (Salinger, Pynchon, Foster Wallace), Gaddis no sólo fue el primero, sino también el que mejor supo ocultarse. Tanto, que todavía no ha sido descubierto. El lector en castellano tiene oportunidad de hacerlo de la mano de Juan Antonio Santos Ramírez y Mariano Peyrou.

En la novela de Gaddis, conocer es reconocer (se). Pero reconocer (se) implica tiempo, experiencia, autenticidad, conceptos huecos en un mundo desacralizado, donde “los dioses sustituidos se convierten en diablos en el sistema que suplanta su reinado, y se quedan para causar problemas a sus sucesores, asequibles, como son, a los pocos para los que la magia no ha perdido la esperanza y ha sido sustituida por la religión”.

Wyatt y Basil, al igual que Stephen, Stanley y el resto de personajes, rechazan el arte contemporáneo, la sociedad en la que viven, incluso la cordura de la que hacen gala en contadas ocasiones. Son mentes ilimitadas limitadas por las coordenadas espacio-temporales. Persiguen la verdad y la autenticidad en un mundo donde lo sagrado no es tal, no puede existir, se encuentra ahogado por el comercio, el ruido, la falsedad: “– ¿El arte actual? – Los dientes desiguales mostraron una sonrisa burlona a través del humo –. El arte actual se escribe con f[Art, “arte”, fart, “pedo”]”.

Las pinturas de El Bosco, Memling o Dierick que imitan, al igual que la novela de Gaddis, funcionan a modo de construcciones en las que se mezclan religión y mitología, ingenio y horror especular, “en negación ritual del conocimiento maduro de que nos estamos alejando unos de otros, de que sólo compartimos una cosa, el miedo a pertenecer a otro, o a otros, o a Dios”. Las imitaciones de los grandes maestros de la pintura, al igual que Los reconocimientos, son obras de arte que se resisten a un análisis completo y exhaustivo, “donde solo el dinero es moneda de cambio, y bajo árboles muertos y frágiles adornos manos prensiles intercambian falsificaciones de lo que el corazón no se atreve a entregar”.

Gaddis encarna el modelo de la literatura como búsqueda. Su lectura es adictiva: a medida que uno asimila una capa de significado, quiere pasar a la siguiente lo antes posible. Sus libros pertenecen a una suerte de picaresca post-moderna. Muchos prefieren Ágape se paga (2002), su obra póstuma, la más corta de sus novelas, ya que tiene (en su mayor parte) una estructura lineal con un personaje central fácilmente identificable, que conduce al lector a través de la trama. Hemos privilegiado aquí sus novelas más densas, sus libros más largos. Cuanto más nos desconciertan, más siente uno la necesidad de desentrañar su significado.

Lee la nota completa, originalmente publicada por Revista para leer