Share Button

Howard Jacobson; un escenario apocalíptico

enero 23, 2017

Excélsior

La imagen de un hombre al borde de un acantilado, “lleno de angustia, con la sensación de estar siendo observado y de no estar seguro” en ninguna parte, fue la idea original con la que el escritor británico Howard Jacobson (Manchester, 1942) empezó a escribir la novela J, finalista del premio Booker en 2014 –un galardón que el autor había obtenido en 2010 con The Finkler question–, y que puede considerarse su obra más contundente y de actualidad catastrófica.

Localizada en un futuro impreciso, que por desgracia no parece muy alejado de nuestro presente, la novela de Jacobson –quien con sus libros anteriores había afianzado una reputación de humorista sardónico– imagina un mundo postapocalíptico en el que se han suprimido todas las formas de comunicación electrónica porque se cree que las redes sociales contribuyeron a intensificar la violencia que provocó una catástrofe que nadie explica –o nadie quiere recordar–, pero a la que todos se refieren elusivamente como «LO QUE SUCEDIÓ, SI ES QUE SUCEDIÓ».

Y sobreviviendo al compás de una infeliz y paranoica espera –inmersos en una sociedad que acata por voluntad propia leyes que no están escritas porque ya no existen en realidad las prohibiciones, mientras se fomenta el olvido y el perdón, en tanto se condena la memoria como un vicio peligroso–, se encuentra la pareja formada –no tan casualmente– por Ailinn Solomons, una joven soltera que desconoce sus orígenes y huye, como Moby Dick de Ahab, de un perseguidor fantasmal pero implacable; y Kevern Coco Kohen, un ebanista solitario y neurótico que aprendió de su padre a pronunciar la letra J poniéndose dos dedos sobre la boca, “como un vagabundo que aspira una colilla encontrada en un cubo de basura”, para sofocarla antes de que salga de sus labios.

Pero en ese equilibrio artificial que han establecido los poderes fácticos, muy pronto se inmiscuye de nuevo el miedo al otro –aquel que los demás convierten en un extraño–, a partir de un crimen bestial que destapa la verdadera cara del malestar y el odio que hierve en el ambiente. “¿Cómo se hace para que no exista otro mortal? ¿Cuál es el truco para ver a través de alguien? Una indiferencia en esa escala es poco menos que apocalíptica; o lo es, llegada la hora de deshacerse de lo que no se ve, de realizar el esfuerzo de borrar lo que no está ahí”, plantea una “bienintencionada” investigadora al servicio de la corporación que mantiene el control y la vigilancia del país que describe Jacobson, y quien busca restaurar, metiendo mano a la historia de amor entre Ailinn y Kevern, lo que ella considera que se ha perdido: “la experiencia de un antagonismo profundo… Un antagonismo cultural bien formado y  digerido, en el que todo, desde a quien adoramos hasta lo que comemos, se tiene en cuenta y queda completamente claro. Somos quienes somos porque no somos ellos”.

Pesimista, pero con una comicidad desoladora que se resiste a claudicar, J es literariamente irrebatible contra cualquier bruma ideológica: el exterminio de un grupo o la expulsión de una comunidad por motivos étnicos, religiosos o culturales, es una tragedia que ha ocurrido en todo tipo de latitudes y épocas, y se mantiene como una siniestra posibilidad que puede repetirse de un momento a otro. Una verdadera fatalidad porque, en última instancia, cualquier paso dado en esa dirección siempre será sólo para hundirse en el abismo de una sórdida inhumanidad.

Nota publicada en el diario Excélsior